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    Descripcion:
    Nueve destacados autores argentinos cuentan cómo dieron ese trascendente paso para todo escritor: publicar uno de sus escritos. Por Hernán Carbonel para LA GACETA - Salto (Provincia de Buenos Aires).

    En su primer número (septiembre 2011), la revista La Balandra propuso como nota de tapa el debate sobre si un escritor "nace o se hace". Al margen de este planteo (por lo demás muy interesante), lo que deviene indefectiblemente en el circuito de la escritura es, claro, la publicación. Y entonces, surgen otras preguntas (por lo demás también muy relevantes): ¿por qué publicar; qué significa publicar? ¿Una necesidad intrínseca de quien escribe, el primer escalón de un camino ineludible, el certificado de que el ego tiene una razón de ser y opera en consecuencia, una fatalidad irrevocable, el peso mismo de la obra que busca trascender a su autor?

    Sin ánimo de responder a tantas preguntas (por lo demás a veces imposibles de responder) pero en busca de alguna de ellas, LA GACETA Literaria les pidió a una serie de reconocidos autores argentinos que testimoniaran sobre aquel paso inaugural: su primer texto publicado. Ariel Magnus, Gustavo Nielsen, Leila Guerriero, Patricia Suárez, Federico Jeanmaire, Franco Vaccarini, Leo Oyola, Samanta Schweblin, y Pablo Ramos rememoran aquel iniciático momento.

    La primera persona que me publicó un texto en letras de molde fue David Ciechanover. Era un imprentero linotipista de San Antonio de Padua, poeta para más datos. Falleció hace unos años. David dirigía la Revista Oeste, un tabloide mezcla de literatura y barrio que se distribuía a lo largo de la línea Sarmiento del ferrocarril. Yo tenía 13 años y vivía en Castelar. Escribía cuentos desde los nueve. También había escrito una novela que se titulaba El campo, de unas cien hojas manuscritas. Cuando mandaba copias de mis cuentos, las revistas me rebotaban porque advertían mi letra infantil. Esto era lo que yo creía, con un ego a prueba de balas. Mi amigo Fernando Espinosa me recomendó la mecanografía. Le pedí prestada la Olivetti de su mamá. Ciechanover había anunciado un concurso literario. Pasé mi cuento cuidadosamente, con dos dedos. Lo mandé por correo, sin indicar la edad. Fue una sorpresa sacar el primer premio con El guante. Pero más sorpresa fue para ellos cuando me vieron en la premiación: era un gordito retacón. Un niño en un concurso de grandes. El segundo premio tenía unos 30 años; el tercero, 50. El acto se hizo en la Sociedad Fomento de Castelar; fui con mi hermana. A Fer le encantó que le hubiera ganado a todos esos viejos. El premio eran unos libros, un diploma y la publicación. El cuento era de terror: una mano que asesinaba a una mujer. Salió en el número cuatro de la Oeste. Hace poco Fernanda me lo mandó escaneado, y lo volví a leer. No está tan mal. Medio verdón, claro; pero tiene intuición y riesgo. Tal vez algún día lo publique en mi blog Milanesa con papas, como curiosidad. "Intuición y riesgo" son dos virtudes que me gustaría conservar para el futuro. Más que "oficio literario". Mucho más que "seguridad".

    Gustavo Nielsen (Buenos Aires, 1962) es arquitecto y escritor. Fue dos veces finalista del Premio Olaneta. Es autor de cinco libros. Con el último, La otra playa, ganó el premio Clarín de novela 2010.

    Me tomé en serio la escritura cuando abandoné la carrera de Psicología de la Universidad de Rosario. Tuve una crisis vocacional y dejé. Durante los siguientes cuatro años me apliqué a escribir con denuedo y rompí, sin piedad, todos los textos que fui haciendo. No tenía valor para anotarme en un taller literario, lo cual hubiera hecho más sencillas las cosas: era muy tímida. Mientras tanto, trabajé de secretaria en un centro contra la drogadependencia, y en la zapatería de mis padres. Llegué a pensar que la literatura iba a ser un espacio secreto que podía cultivar los sábados por la tarde, en mi casa, durante toda mi vida, como otros son filatelistas o plantan cactus. Sin embargo, andando esos cuatro años, un día me puse a escribir mis dos primeros cuentos -o al menos yo los considero así-: El gato y El señor y la señora Schwarz. Los dos describían situaciones amenazantes y familiares y tenían una tensión y un rasgo perverso que siempre me gustaría perpetuar en los cuentos. Tuve la sensación de haber escrito un buen cuento (lo digo con modestia) e inmediatamente supe que había nacido para eso, para esto, narrar. Yo creo que nací de nuevo en ese momento. Al segundo de los textos lo envié a un concurso de cuentos en la Revista V de Vian. Fue uno de los finalistas y se publicó en la revista. No me lo podía creer. Peor fue cuando publiqué mi primer libro, la novela Aparte del principio de la realidad, segundo premio del concurso municipal de mi ciudad. Lo regalé a todo el mundo y en todas partes, y para mis adentros pensaba: ya me puedo morir. Algo de lo que significa ser escritor y escribir un libro -la capacidad que tiene de trascendernos después de muerto- se había cumplido.

    Patricia Suárez (Rosario, 1969) es autora de 27 libros. Colaboró en La Capital (Rosario), La Prensa (Buenos Aires) y El País (Montevideo). Recibió los premios de cuento Haroldo Conti, Revista Ñ y Fondo Nacional de las Artes. Ganó el premio Clarín de novela. Su último libro es Lucy (Plaza Janés).

    Era mi primer día de trabajo en Página/30, que es como decir el primer trabajo de todos los que tuve. Mi editor de entonces, Eduardo Blaustein, me llamó a su escritorio y me encargó una nota sobre el caos de tránsito en la ciudad de Buenos Aires. Corrían los primeros 90 y, ya por entonces, se hablaba de los miles de autos que entraban cada día en la capital, de lo torpe y trabado y tóxico que se estaba volviendo todo. Fue generoso: me dio varias ideas -"aterrizar" las cifras de los datos duros, ver tal o cual película, leer informes acerca de cómo se abordaba el tema en otras ciudades grandes, entrevistar a urbanistas, colectiveros, gente de la calle-, me sugirió nombres, me dijo que tenía tres semanas. Yo no era periodista, de modo que lo primero que hice fue comprarme un grabador, después aprender a usarlo y después establecer una agenda con posibles nombres y números telefónicos. No recuerdo cómo hice aquellas entrevistas -yo jamás había hecho una-, pero desgrabé horas y horas de casettes enormes como lavavajillas en una máquina de escribir marca Lettera, portátil, de color gris, que hacía un ruido incivilizado. Escribí el texto en mi casa, inaugurando una costumbre que jamás abandoné, y al final, entumecida, fui a entregarlo: un montón de paginitas impolutas, sin título y sin firma al pie. Blaustein lo leyó en su escritorio, con una lapicera en la mano, marcando cada tanto alguna cosa, haciendo uhum, uhum. Yo, no sé por qué, no estaba nerviosa. Cuando terminó me dijo "Ajá. Escribís muy bien. Ahora andá y cortale 20.000 caracteres. Escribiste un libro". Y me fui feliz. Nunca he vuelto a leer ese texto, y no encuentro más razón que el morbo o la adicción a la vergüenza ajena -que profeso- para hacerlo, pero, a lo largo de los años, he tratado de mantener viva esa sensación de omnipotencia, expectativa y pánico que se siente al entregarle algo a un editor. Cuando eso sucede, sé que las cosas van a salir -más o menos- bien.

    Leila Guerriero (Junín, 1967) trabajó en Página/12 y en Página/30. Colabora en La Nación y en El País (Madrid). Ganó el premio de crónica de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, que preside Gabriel García Márquez. Es autora de dos libros. El último es Frutos extraños (Aguilar).

    Hace una eternidad, cuando empezaba a querer escribir, descubrí que una de las cosas que mejor me predisponían a seguir trabajando y esforzándome, era leer las primeras obras de aquellos escritores o escritoras que me gustaban mucho. Eran un tesoro, esos primeros textos. Los buscaba por las librerías y, después, los disfrutaba enormemente. Sentía que si ese hombre o esa mujer habían logrado lo que habían logrado, después de partir desde aquellos primeros textos, yo también podría mejorar. Quizá no tanto, es verdad: era consciente de que yo comenzaba desde una precariedad aún mayor, por lo general, a la precariedad que podía leer en ellos. Pero me ayudaba un montón. Me motivaba. Hace algunas semanas, al terminar de dar una charla acá en Buenos Aires, descubrí que no soy el único que ha hecho esto en la historia de la literatura. Y que se sigue haciendo, incluso. Se me acercó un muchacho, muy tímido, y me confesó que había leído Un profundo vacío en el pie izquierdo, que le había costado bastante conseguir la novela, que la había estado buscando durante meses, hasta que, por fin, la encontró en una librería de segunda mano de la calle Corrientes. La acababa de leer, me dijo. Y enseguida agregó que la había disfrutado un montón. No quise ir más lejos. ¿Para qué? Lo que me había dicho me alcanzaba y me sobraba para comprender. Lo saludé, le desee muchísima suerte y me di la vuelta.

    Federico Jeanmaire (Baradero, 1957) es licenciado en Letras y fue profesor en la UBA. Ganó los premios Clarín y Ricardo Rojas. Es autor de 18 libros. El último es Fernández mata a Fernández (Alfaguara).

    Mi primer cuento y mi primera publicación, dos cosas que siempre me avergonzaron. Estaba en primero de la secundaria, tenía 13 años. El cuento era espantoso: un águila que, parada sobre un acantilado, se preguntaba si debía o no sobrevolar el bosque. "?era lo que más deseaba hacer en el mundo, pero sabía que entre los árboles estaba el cazador, y que, si se echaba a volar, él la mataría?" Así y todo, el águila "abría las alas y se echaba a volar, porque la belleza del bosque valía la pena?" y el cazador, por supuesto, disparaba. La historia era larga y empalagosa, y cumplía con todos los lugares comunes posibles. Pero yo estaba feliz, el diario mensual del colegio reservó para mi historia la contraportada del mes siguiente y un chico de cuarto A -que a mí me encantaba- haría una ilustración para acompañarlo. Llegó el día y fui a la biblioteca por mis ejemplares. Ahí estaba mi cuento, ocupando toda la contratapa, tal como se me había prometido, con la ilustración al pie y mi nombre bien grande debajo del título. Cuando lo leí en voz alta, orgullosa y de pie frente a mi familia, me di cuenta que algo no estaba bien. Le habían cambiado el final. Mi profesora de literatura dijo que lo había hecho con mucho cariño, que cuando fuera grande lo entendería. Ahora el águila sobrevolaba la belleza del bosque y en lugar de recibir con dignidad el impacto de la bala se decía a sí misma que no temer al cazador había sido una muy buena decisión. Mordí mi indignación silenciosamente, pero juré vengar mi voz, y mi derecho a los finales crueles y oscuros.

    Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) obtuvo el premio del Fondo Nacional de las Artes con su primer libro El núcleo del Disturbio (Planeta) y el premio Casa de las Américas con Pájaros en la boca. Este año, fue incluida en la revista Granta como una de las mejores jóvenes narradoras en español.

    Escribí mi primera novela en el 2004. No lo pensé dos veces y la mandé al Concurso Clarín Alfaguara. Para cuando me enteré que era uno de los finalistas del premio todavía no la había vuelto a leer desde que la laburamos con el maestro Laiseca en su taller. Así que cuando obtuve una mención mi alegría fue enorme. Porque no dejaba de pensar: esta es una oportunidad. Recuperé los tres manuscritos. Y por consejo de Lai me contacté con editoriales independientes que tuvieran buena distribución, a ver si lograba que se interesaran. Una me mató. Otra me dijo que le gustaría pero que no tenía dinero para invertir en un autor desconocido. Tres años después, durante una jornada literaria, el responsable de esa primera editorial que me leyó me pidió disculpas por lo duro que había sido. Y me dijo que evidentemente jamás hubiera entrado en su catálogo; pero que se alegraba de que mi obra hubiera encontrado su lugar. El otro editor ni bien se enteró que se publicaba me llamó para felicitarme y desearme mucha suerte. Y no deja de escribirme e-mails cada vez que se entera de alguna novedad mía. El tercer manuscrito llegó a las manos de Ricardo Romero. Que lo leyó. Y se divirtió mucho. Y que se jugó por lo que yo hago. Y que me publicó en la colección Laura Palmer no ha muerto. Desde entonces, por cómo se fueron dando las cosas, cuando me hablan de la novela se refieren a ella como Siete? y hay muchas personas que me dicen Tigre. Y eso me cabe mil puntos. Porque ese apodo me lo gané escribiendo. Y ese apodo me hace recordar lo que soy: un escritor. Autor orgulloso de Siete el Tigre Harapiento, mi primera novela publicada.

    Leo Oyola (Buenos Aires, 1973) es licenciado en Ciencias de la Comunicación y crítico de Rolling Stone. Fue finalista del premio Clarín y ganador del premio Dashiell Hammett a la mejor novela policíaca del año publicada en castellano. Es autor de cuatro libros. El último es Kryptonita (Mondadori).

    Me publicaron mi primer texto a los 10 años. Fue en el diario Tiempo Argentino, no el de ahora sino el original, que yo leía religiosamente. Lo que salió ahí fue una brevísima carta de queja, un género (la queja) en el que siempre me destaqué y todavía me destaco, dicho esto con toda modestia. El motivo de mi reclamo era que había ido a ver Muchacho Lobo a un cine donde se suponía que te regalaban una calcomanía junto con la entrada, pero hete aquí que la misma venía no con la entrada sino con el programa, y como yo no le di propina al avivado del acomodador (no tenía cambio, detallé en mi misiva pública) me quedé sin calcomanía. Volví a casa indignado, quiero creer que menos por la calcomanía que por el hecho de que la promocionasen como gratuita cuando técnicamente no lo era, y le conté la estafa a mi madre, que me sugirió mandar la carta en cuestión. Lo curioso es que el diario no sólo publicó enseguida Mi primera queja (tal, en efecto, su visionario título), sino que al día siguiente vino un periodista a hacerme una nota al colegio, y a raíz de esa nota vino Canal 9 a mi casa, adonde también llamó Magdalena para entrevistarme en su programa de radio (eso creo que al final no se concretó). Tiene que haber sido una semana francamente catastrófica a nivel de noticias para que a un gurrumín cualquiera le hagan una nota de media página (¡con foto!) y le den un fragmento del noticiero de la tarde sólo por haber escrito una cartita. Igual sigo creyendo que tenía razón, y esperando que me den mi calcomanía.

    Ariel Magnus (Buenos Aires, 1975) ganó la beca Stiftung y vivió en Alemania entre 1999 y 2005. Colaboró en las revistas SoHo y Gatopardo, y en los suplementos Radar (Página/12) El Ángel (Reforma, de México). Es autor de cinco libros. El último es Cartas a mi vecina de arriba (Norma).

    En la década del 80 y del 90 se me hacía cuesta arriba publicar hasta un aviso fúnebre. Lógico: yo no existía. Sabía que las editoriales no suelen arriesgarse con autores ignotos y yo estaba más crudo que el sushi. Era muy tímido y ni se me ocurría llamar a una editorial. Corté por lo sano. Como lector de la revista Sinergia, dirigida por Daniel R. Mourelle, supe que Mourelle y "su gente" -nunca conocí a nadie más que al propio Mourelle- tenían varios sellos donde editaban autores más o menos desconocidos por un módico precio. Un loco lindo, Mourelle, honesto y responsable editor. Así publiqué No temas cuando la visita te salude, mi primer libro de cuentos. No fue una mala experiencia. Con el librito como estandarte, tomé confianza, conocí gente, obtuve un par de críticas milagrosas: para mí fue bastante, porque venía, lo dije, de la nada misma. Un día me atreví a poner el libro en las manos de Abelardo Castillo. Él lo abrió al azar, y leyó un texto de diez líneas, El bagre:

    20 años después, reescribí El bagre y lo transformé en el cuento Cruda, vida luz, de 15 líneas, en el volumen titulado El cuaderno blanco de papá, publicado por la Editorial Ross, de Rosario. Y por Dios, por el implacable e impecable Castillo, no sé qué demonios habrá en esas 15 líneas, pero juro que no hay ninguna pista falsa.

    Franco Vaccarini (Lincoln, 1963) trabajó en distintos medios periodísticos. Ganó el premio El Barco de Vapor de Ediciones SM. Es autor de 46 libros. El último es El contrabandista de huesos (Edebé).

    Papá Noel, para traerte regalos, exige buena conducta. Lo que Papá Noel trae es siempre aburrido, por lo práctico. Si pediste la Play II te trae un camión de bomberos barato y dos pares de medias. Si pediste un metegol, te trae un yo-yo de madera y una camiseta del Boca Juniors o de San Telmo de esas súper berretas, de shopping boliviano. Lo que seguro te va a traer son medias. Siempre trae medias.

    Papá Noel tiene la barba amarillenta de tanto meterla en la sopa de la olla popular. Papá Noel usa pañales Plenitud, porque ya ni retiene. Si encuentro a Papá Noel en la calle se va a acordar de mí. Si encuentro a Papá Noel en la calle, seguro me pide plata.

    Una vez le pedí una bicicleta. Me había portado bien, había hecho todos los deberes, había sido amable con la maestra. Y lo había hecho pensando en la bicicleta que me iba a ganar de premio. Papá Noel me trajo un muñeco de Meteoro, el más berreta que se puedan imaginar. Ahí me enteré de que hay muchos Papá Noel. Hay Papá Noeles ricos, menos ricos y los hay pobres. Los hay también muy pobres.

    En este lado del mundo cada tanto cambia todo. Usted lo sabe, señorita maestra. Cambia el clima, los gobiernos, la gente que camina por la calle, las luces de las plazoletas públicas. Todo cambia, pero Papá Noel, sigue siendo el mismo alcahuete de siempre.

    Pablo Ramos (Avellaneda, 1966) ganó el premio del Fondo Nacional de las Artes y el primer premio en el concurso Casa de las Américas de Cuba. Es autor de cinco libros. El último es En cinco minutos levántate María (Alfaguara).






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